MI ODISEA COMPRANDO UN HTC T3232

Hace unas semanas estaba celebrando que por fin había conseguido el permiso de residencia en Holanda. No era consciente entonces de algunos de los quebraderos de cabeza que aparecerían. Tuve que abrirme una cuenta con un banco del país y para ello necesitaba un número de móvil holandés. Afortunadamente en el hostal en el cual trabajo ofrecen tarjetas SIM de prepago.

– Hemos enviado un código de verificación a tu número. Por favor confírmelo.

Cada vez que intentaba hacer una compra por internet o una transacción para pagar mi alquiler comenzaba el problema. Necesitaba cambiar mi SIM española por mi SIM holandesa para poder ver el código. Un proceso nada práctico para hacer regularmente sin acabar rompiendo el dispositivo.

La semana pasada, trabajando en el bar del hostal, apareció la solución a todos mis problemas. Solo estuvo presente durante unos escasos segundos. Pero afortunadamente fue suficiente para que mi cerebro, un poco apagado tras una noche de fiesta, viese una luz de esperanza.

Un guest del hostal, buscando calderilla en su bolsillo para pagar una cerveza, sacó lo que hoy denominamos un ladrillo. Uno de esos dispositivos móviles prehistóricos para la juventud actual. Solo pueden llamar, recibir mensajes y posiblemente servirte como arma de defensa propia en caso de un robo. Aunque creo que ante la situación de un atraco en la calle, el ladrón sentiría empatía por ti, rechazaría llevárselo y te daría un fuerte abrazo antes de desaparecer por algún callejón.

Sin embargo, como dispositivo secundario para mi número holandés era perfecto. Satisfecho con el nuevo plan decidí ir ese mismo día a Winkelcentrum Zuidplein, el mayor centro comercial de Róterdam.

Entré en la primera tienda de móviles y cuando uno de los trabajadores se acercó le comenté;

– Buenas tardes, estoy buscando el peor móvil que tengáis.

El comerciante, con una expresión facial que mostraba cierta confusión, tardó un tiempo en reaccionar. Finalmente me mostró un Smartphone básico por poco más de 150 euros así que le expliqué que buscaba un dispositivo mucho más tieso. Su desconcierto aumentaba exponencialmente.

¿Por qué no puede un chico de 20 años tener un móvil sin Instagram y Tinder? Quizás pensaba que era un caso similar a Benjamin Button, un hombre que nació con el cuerpo de una persona de 80 años y que con el paso del tiempo va rejuveneciendo.

Finalmente salió del almacén con una caja más grande de lo habitual. ¡SÍ! Por fin me había entendido. Era un Nokia que a simple vista cumplía con todas las expectativas.

– Si, es perfecto ¿Cuál es el precio?

– Pues son 70 euros.

– Ah perfecto…..SÍ….Genial…..Me parece bien….Eh vuelvo mañana a comprarlo. ¡Muchas gracias!

¡70 euros! Tras haber estado un buen rato en la tienda no quería decirle que no me interesaba el móvil. Intenté escapar de ahí de la forma más educada.

¡Joder! ¿Qué hacía ahora? El plan no había funcionado. No iba a pagar tanto por un móvil así. Al parecer se habían convertido en un artículo retro para coleccionistas hípsters anti Silicon Valley preocupados por la NSA y su privacidad.

Buscando la salida del centro comercial, escuchando algunas canciones en Spotify para intentar subir mi moral, pasé por casualidad por la tienda de segunda mano CEX. ¡En el escaparate tenían un Alcatel de los tiempos de Dickens por solo 15,99! Preocupado porque alguien se lo llevase entré del tirón en el establecimiento.

– Buenas, ¿me gustaría comprar el Alcatel que tenéis en el escaparate? A mi abuelo le vendrá muy bien.

No iba a volver a pasar por todo el drama de explicarle que era para mí y que por supuesto sí era consciente de que estaba más anticuado que comunicarse con señales de humo, así que me inventé que era para mi abuelo que en su vida ha pisado Holanda. Ni siquiera ha salido de España.

– ¿Es tu abuelo cliente de Vodafone?

– ¡Eh no!

– Pues desafortunadamente este móvil solo funciona con SIMs de Vodafone. Pero tenemos un HTC por solo 25 euros.

Era un poco más caro de lo que buscaba, pero no veía otra solución a corto plazo así que decidí comprarlo. La interfaz estaba en holandés y tras comentarle que mi abuelo era un exiliado del franquismo, que llevaba muchos años en Holanda pero todavía no dominaba el idioma, el chaval intentó cambiarlo a español. ¡No era posible! El trasto ni siquiera podía configurase en inglés. Pero bueno, solo lo necesitaba para que me llegasen los códigos del banco así que no suponía un gran problema.

Llegué a casa, listo para introducir la SIM holandesa y por fin poder confirmar la suscripción a Netflix que tanto tiempo llevaba deseando. Sin pensarlo dos veces introduje la micro SIM en el HTC. Lo encendí y apareció un mensaje en holandés de modo que le pedí a mi compañero de piso Jeremy que me tradujese.

– Pues dice que no hay tarjeta SIM.

Inicialmente pensé que había comprado un móvil que no funcionaba e iba a tener que volver a descambiarlo. Sin embargo, cuando intenté sacar la SIM me percaté de que mi torpeza había vuelto a triunfar. Había metido una micro SIM donde debía ir una SIM de tamaño normal. ¡Y ahora no podía sacar la tarjeta! ¡Genio! En cinco minutos había logrado romper un móvil indestructible que posiblemente hubiese sobrevivido el bombardeo atómico de Hiroshima. Pero no solo había jodido el móvil sino que mi tarjeta necesaria para mis transacciones estaba perdida en su interior.

– Llévalo a la tienda de abajo que arreglan móviles – me comentó Jeremy intentando no reírse.

Había empezado a llover, hacía –6 grados y ya estaba con el pijama puesto así que no me apetecía salir de casa. Pero convencido de que en la tienda podrían arreglarlo, me puse mi chándal, cogí el HTC, me reí de un par de bromas que Jeremy estaba comentando sobre la situación, y fui a intentar solucionarlo.

El local estaba a punto de cerrar y el hombre parecía bastante cansado. Aun así decidió echarle un vistazo. Tras más de media hora en la que quitó todos los tornillos posibles para intentar localizar la SIM, la misión concluyó como un fracaso.

– Nunca he visto algo así. Es imposible recuperarla sin romper el móvil. Pero eso ya lo tendrás que hacer tú.

¡Y bueno! Esta es la historia de cómo conseguí poner fin a la vida útil de un móvil y perder una tarjeta micro SIM en su interior.

Cenando con mis compañeros de piso estuvimos comentando todas las cosas que podría haber hecho con los 25 euros que me gasté en un móvil que nunca ha llegado a cumplir con su finalidad;

1 móvil HTC T3232 de segunda mano = 8 cervezas Jupiler en un bar.

1 móvil HTC T3232 de segunda mano = 20 hamburguesas de pollo en el McDonald’s.

1 móvil HTC T3232 de segunda mano =  1 cena para dos personas en un restaurante de la ciudad.

1 móvil HTC T3232 de segunda mano = 2 bicicletas compradas a las cinco de mañana un viernes al salir de una discoteca.

1 móvil HTC T3232 de segunda mano = 30 kilogramos de patatas o 45 kilogramos de cebollas.

1 móvil HTC T3232 de segunda mano = 2 cervezas Jupiler, 5 hamburguesas de pollo en el McDonald’s, 5 kg de patatas, 7 kg de cebollas y una bicicleta de segunda mano comprada a las cinco de la mañana al salir de una discoteca.

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